Enseñar a escuchar: diez días en la EICTV

Me gradué de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba en 2017. Volví en 2018 como visitante, a acompañar tesis de compañeros. Y en 2022 regresé por primera vez al otro lado: con un programa de taller bajo el brazo y la extrañeza de estar parado frente a estudiantes en el mismo espacio donde yo había sido uno de ellos. Esa primera vez como docente fue, probablemente, la más intensa de todas.

Angel Alonso Sarmiento
Fotografía por: Jesús Bermúdez, EICTV 2025

Desde entonces he vuelto. En 2024 dicté un taller similar en formato 5.1. En octubre de 2025, este: Diseño Sonoro y Mezcla Estéreo, diez días, noventa horas, un grupo de estudiantes de distintos países, y un cortometraje que había que llevar hasta la mezcla final. Ya conocía el lugar, conocía el formato, conocía el tipo de energía que genera esa escuela. Lo que siempre cambia es el grupo. Y con el grupo, cambia todo lo demás.


El momento bisagra

Hay un instante en la formación sonora que siempre me parece crítico: el paso de usar Pro Tools a pensar en Pro Tools. De operar una herramienta a entender por qué estás tomando cada decisión dentro de ella. Ese tránsito —de lo instrumental a lo expresivo— es el núcleo de cualquier proceso formativo serio en postproducción.

La mayoría del grupo llegó con bases técnicas razonables, pero era su primer encuentro real con el sonido aplicado al cine. No sabían todavía cómo una atmósfera construye un espacio emocional, ni cómo la edición de diálogos puede sostener o romper la ilusión de una escena. Ese desconocimiento no era un déficit — era el lugar exacto desde donde podíamos trabajar.

Timeline de Pro Tools
Ejercicio de Edición de diálogos
Fotografía por: Jesús Bermúdez, EICTV 2025

Lo que funcionó (y por qué)

Dos decisiones metodológicas marcaron el taller más que cualquier otra.

La primera fue organizar la mezcla en grupos, asignando a cada equipo un bloque del cortometraje. Combiné estudiantes con mayor dominio técnico con otros menos experimentados, deliberadamente. La idea era simple: el conocimiento circula mejor entre pares que desde el frente de una sala. Y funcionó. Los que sabían más enseñaban explicando; los que sabían menos preguntaban sin el pudor que a veces genera el docente. El aprendizaje horizontal tiene una eficiencia que la instrucción vertical rara vez alcanza.

Revisando una sesión de Pro Tools
Revisando una sesión de Pro Tools
Fotografía por: Jesús Bermúdez, EICTV 2025

La segunda fue el análisis cinematográfico centrado en decisiones de sonido. Tomábamos escenas — no para admirarlas, sino para desarmarlas. ¿Por qué entra este efecto aquí y no diez segundos antes? ¿Qué hace el silencio en este corte? ¿Qué pasaría si este ambiente fuera más denso, más limpio, más lejano? Ese ejercicio transformó la escucha del grupo. Y, siendo honesto, también renovó la mía.


Las madrugadas como método

Hubo noches en que los turnos de mezcla se extendieron mucho más allá del horario. Nadie lo impuso — simplemente ocurrió. Los estudiantes que no estaban en turno se quedaban acompañando, resolviendo dudas, escuchando. Había algo ahí que no estaba en el programa: una ética de trabajo colectivo que la EICTV cultiva de manera casi natural, porque sus estudiantes no solo comparten clases sino también la vida cotidiana en ese lugar.

Eso no se puede replicar en cualquier contexto. Pero sí me confirmó algo que creo firmemente: el oficio del sonido se aprende también en la resistencia, en las horas largas, en la presión de un deadline real. Simular esas condiciones en un entorno formativo tiene un valor pedagógico que ningún ejercicio controlado puede sustituir.

Desglosando secuencias de sonido en películas
Desglosando secuencias de sonido en películas.
Fotografía por: Jesús Bermúdez, EICTV 2025

Lo que me llevé

Mi rol fue cambiando a lo largo de los días. Al principio fui más expositivo — di mucha información, quizás demasiada de golpe. Luego fui soltando. Dejé que el grupo se enfrentara a los problemas, interviniendo solo cuando las dudas superaban lo que podían resolver entre ellos. Ese desplazamiento —de instructor a acompañante— fue probablemente lo más valioso que ocurrió en términos pedagógicos.

Una cosa que insistí mucho durante el taller: el orden y la estructura no son el enemigo de la creatividad. Son su condición. Una sesión de Pro Tools limpia, bien organizada, con convenciones claras, libera la mente para tomar decisiones sonoras en lugar de perderla buscando archivos o reconstruyendo ruteos. Al final del taller, creo que eso quedó claro. Al principio costó convencerlos.

El cierre fue genuinamente emocionante. Ver el cortometraje terminado en sala, con el sonido que habían construido ellos, produjo en el grupo una satisfacción que no tiene equivalente en los ejercicios parciales. Esa es la razón por la que los procesos integrales —de principio a fin, con resultado concreto— son irremplazables en la formación.


Me fui de Cuba con la convicción renovada de que enseñar sonido es, ante todo, enseñar a escuchar. Escuchar el material, escuchar al grupo, escuchar lo que el proceso pide en cada momento. Y que esa escucha —cuando es real, cuando es compartida— es también una forma de seguir aprendiendo el oficio.

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